cabinaAhora que está de moda lo ‘vintage’, nada como cruzar la puerta de una cabina para revivir aquellos maravillosos años en que nuestra ágil memoria era lo más parecido a una guía de teléfonos. Hoy por hoy, una cabina es una especie de vitrina sucia en la que ya (casi) nadie entra. Ahora, como se te ocurra meterte, si tienes el valor de atravesar la línea del tiempo, puedes convertirte en el centro de todas las miradas, al menos de la mía. Eso es exactamente lo que le sucedió el otro día a este joven en Zaragoza. Te propongo un ejercicio memorístico. ¿Recuerdas la última vez que llamaste desde una cabina? Yo no. Además, escribiendo estas líneas me viene a la cabeza aquella mítica película de Mercero en la que López Vázquez quedaba atrapado en uno de estos extraños habitáculos. Por cierto, pensándolo bien, ¿no será el Whats App otro invento de Mercero? Atrapados nos tiene, desde luego.

 

 

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En estos tiempos en que, guste o no, la monarquía como forma de Estado se muestra a los ojos de muchos españoles, en especial a los de las nuevas generaciones, como un anacronismo más propio de los libros de Historia que del siglo XXI, Felipe de Borbón precisará de un golpe de efecto que dé oxígeno al cuestionado cetro que está a punto de recibir de manos de su padre. Un acto casi heroico que reubique la figura del Rey de España en el centro de los intereses generales de un país desencantado y un tanto a la deriva por mor de la crisis económica y la incapacidad de los políticos ‘del turno’ (PP-PSOE) para cortar la hemorragia de paro, corrupción y sufrimiento social que corroe el país.

El todavía hoy Príncipe de Asturias, que pasa por ser el postulante a la jefatura del Estado más preparado de nuestra historia moderna, no tiene más que mirar atrás para encontrar pistas que le ayuden a dar con la fórmula que aupó a su padre a cotas de popularidad tan añoradas como impensables en el momento presente. Esa pócima milagrosa no es otra cosa que una combinación de dos ingredientes: valentía política y oportunidad histórica. El primero de estos dos aditamentos lo encontramos en los primeros años de reinado de Juan Carlos I, en su determinación para desprenderse del poder absoluto que heredó del dictador Franco y devolver al pueblo español la democracia usurpada en 1936. Son años de alta tensión social, política, militar y terrorista que, a pesar de todo, desembocan en el desmantelamiento de la estructura franquista y en el advenimiento de una democracia si no perfecta, más que aceptable para aquel momento. El segundo ingrediente de la pócima mágica que consumó el matrimonio entre el rey y el pueblo español se gesta en la tarde del 23 de febrero de 1981. El asalto al Congreso de los Diputados permitió al monarca irrumpir de madrugada a lo Robin Hood en el salón de millones de españoles que, desde entonces, abrazaron la causa monárquica como garante del sistema de libertades que tanta sangre, sudor y lágrimas había costado.

Los efectos de esa pócima milagrosa que mantiene el idilio entre una forma de Estado en esencia anacrónica y una sociedad moderna perdurarán hasta que algunos miembros de la familia real y el propio monarca comiencen a alejarse de la ejemplaridad pública, al tiempo que buena parte de la sociedad española, y en especial los jóvenes, se vean expulsados del paraíso, de un Estado de bienestar que hasta hace no mucho, mal que bien, garantizaba derechos básicos y servicios públicos hoy en peligro de extinción o aniquilamiento.  ¿Cómo casar los cinco millones de parados y el exilio de muchos de nuestros hijos y hermanos con la conducta posiblemente delictiva de la Infanta y de su marido? ¿Cómo conciliar los miles de desahucios ejecutados en los últimos años con los beneficios de bancos rescatados con dinero público? ¿Cómo asumir sin más los dejes aristocráticos y las cacerías en Botswana del primer servidor de un pueblo libre que ya no rinde vasallaje? Estos y otros factores relacionados con la propia salud de un rey anciano han relativizado muy mucho la sorpresa provocada por la abdicación de Juan Carlos I, más allá del lógico revuelo mediático del momento en que se produce y de la fanfarria que origine el relevo real.

En apenas unos días, Felipe de Borbón comenzará su reinado en base a una ley de abdicación que los partidos ‘del turno’ tramitan con el acelerador a fondo. El 18 de junio Felipe VI se convertirá en jefe de Estado y capitán general de los ejércitos del Reino de España. Nadie podrá dudar de la legalidad del proceso, pero no es eso lo que está en cuestión. La gran preocupación del futuro rey, su gran reto, será volver a conectar la monarquía con la sociedad. Que los españoles de hoy y sobre todo los jóvenes le vean útil y necesario. Y para eso, como ocurrió con su padre, habrá de dar con los ingredientes para elaborar una nueva pócima mágica que reavive el desgastado idilio entre el pueblo y la corona. No parece probable que se repita un estruendo comparable al causado por Tejero aquella fría tarde de febrero de 1981 –aunque habrá que estar atentos a la cuestión catalana en noviembre- que le dio al rey una oportunidad única para meterse a los españoles en el bolsillo, pero sí está en la mano de su hijo tirar de audacia, valor e inteligencia, tal como hizo su antecesor al restaurar la democracia en España. Y una manera de hacerlo es volver a dar a la sociedad española la posibilidad de expresarse, esa que hoy le niegan hoy sus representantes políticos cuando se trata de decidir sobre la forma de Estado.

Estoy convencido de que si Felipe da el paso de promover un referéndum sobre su persona y la institución que encarna será el rey de todos los españoles por muchos años, amparado por la legalidad del proceso de sucesión y, lo que es más importante, por la aprobación y el deseo de la mayoría de los españoles, que verían en él, además de la persona mejor formada para impulsar una nueva y urgente modernización de España, a un hombre honesto, valiente y audaz que no tiene miedo a la voz del pueblo. Un verdadero servidor público, un líder. Justo lo que España necesita.

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“Yo he votado a Don Quijote”. Fue el comentario de mi tío Eusebio en una tarde electoral. El voto fue considerado nulo, por supuesto, pero desde luego puso la nota de humor al anodino recuento de papeletas. Sucedió hace muchos años en Valdeprados, un pequeño pueblo de Segovia en el que ya no recuerdo si ganó el PSOE o ganó el PP. Qué más da. Lo que importa es que a lo largo de su vida mi tío fue un tipo extraño, dormía de día y se paseaba de noche con atuendos singulares, se alimentaba a base de vegetales crudos o cocidos y curaba sus devaneos a base de ungüentos que él mismo se preparaba, de la misma manera que el Caballero de la Ilustre Figura creía sanar sus heridas con bálsamo de Fierabrás. El caso es que el pasado domingo, tras conocer el resultado de las elecciones al Parlamento Europeo me acordé de él. De alguna manera, pensé, los 1.224.578 españoles que votaron ‘Podemos’ tuvieron la oportunidad (la que mi tío hubiera querido) de votar a Don Quijote sin que su voto pasase a engrosar el montón de nulos. Porque hay que ser muy Quijote para plantarle cara al establishment político y económico que nos ha traído hasta aquí. Para clamar contra los recortes, los desahucios, los salarios precarios, la corrupción, los sueldos escandalosos de algunos y un sinfín de injusticias que, como molinos de viento en un lugar de La Mancha, nos atrapan con sus implacables y harapientas aspas para dejarnos sin ilusión y sin futuro. A lo mejor el Quijote del siglo XXI creció en Vallecas, estudió Políticas en la Complutense y lleva coleta. A lo mejor mi tío padeció aquel día cordura transitoria y votó a Don Quijote en un alarde de sabiduría.

Eusebio Sastre Cabrero falleció el 10 de enero de 2014 a los 82 años. In memorian.

pastor motorizado

La trashumancia también se apunta a la modernidad. Que se lo digan a este pastor que ni corto ni perezoso (bueno, perezoso sí) guía su rebaño de ovejas a bordo de su flamante pick up con los canes en modo GPS. Y el que venga que espere, pues por todos es sabido que las carreteras se hicieron para las ovejas. ¡Cuánto carnero suelto! La instantánea fue captada en la carretera que va a Castejón de Valdejasa (A-1112). Por cierto, el cielo, precioso.

pastor jesus

Autor: Blanca Liso.

Se llama Jesús y cuenta 76 primaveras, todas ellas dedicadas al pastoreo en tierra dura y noble como la del Campo de Belchite. No se cansa de trabajar, ayuda a su hijo con las ovejas y para ello se sirve de dos fieles aliados, su gayata y su burrito, que, por cierto, tiene nombre de aristócrata: Cayetano. Dice que lo llamó así porque nació el mismo día que el hijo de la Duquesa de Alba. No es andaluz como ésta, pero arte no le falta, sobre todo para subirse al asno apoyándose en el bastón. Es para verlo. Vive en Letux.